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domingo, 31 de enero de 2010

Oralidad y escritura (material complementario)

LA ORALIDAD, LA COMUNIDAD Y LO SAGRADO

Puesto que, en su constitución física como sonido, la palabra hablada proviene del interior humano y hace que los seres humanos se comuni­quen entre sí como interiores conscientes, como personas, la palabra ha­blada hace que los seres humanos formen grupos estrechamente unidos. Cuando un orador se dirige a un público, sus oyentes por lo regular forman una unidad, entre sí y con el orador. Si éste le pide al auditorio leer un volante que se les haya entregado, la unión de los presentes se verá destruida al entrar cada lector en su propio mundo privado de lec­tura, para restablecerse sólo cuando se reanude nuevamente el discurso oral. La escritura y lo impreso aíslan. No existe un nombre o concepto colectivo para los lectores que corresponda a "auditorio". La lectura “co­lectiva” -esta revista es leída por dos millones de lectores- representa una abstracción muy forzada. Para imaginarnos a los lectores como un grupo unido, tenemos que seguir lIamándolos “auditorio”, como si en realidad fueran oyentes. La palabra hablada también crea unidades en gran escala: es probable que los países en los cuales se hablan dos o más idiomas tengan graves problemas para establecer o guardar la unidad nacional, como sucede hoy en día en el Canadá, Bélgica o muchas na­ciones en vías de desarrollo.
La fuerza de la palabra oral para interiorizar se relaciona de una ma­nera especial con lo sagrado, con las preocupaciones fundamentales de la existencia. En la mayoría de las religiones, la palabra hablada es parte integral en la vida ritual y devota. Con el tiempo, en las religiones mun­diales más difundidas, también se crean textos sagrados en los cuales el sentido de lo sacro está unido también a la palabra escrita. Con todo, una tradición religiosa apoyada en los textos puede continuar de muchas maneras la confirmación de la primacía de lo oral. En el cristianismo, por ejemplo, la Biblia se lee en voz alta en las ceremonias litúrgicas, pues siempre se considera que Dios “habla” a los seres humanos, y no les escribe. El carácter oral del marco conceptual en el texto bíblico, incluso en las secciones epistolares, resulta abrumador (Ong, 1967b, pp. 176-191). La voz hebrea dabar, que significa “palabra”, también quiere decir suceso, y por ende se refiere directamente a la palabra hablada. Ésta siempre constituye un suceso, un movimiento en el tiempo al cual le falta com­pletamente la quietud propia de un objeto de la palabra escrita o impre­sa. En la teología trinitaria, la Segunda Persona de Dios es la Palabra, y el equivalente humano para la Palabra en este caso no es la palabra humana escrita, sino la palabra humana hablada. Dios Padre “habla” a su Hijo: no le escribe. Jesús, la Palabra de Dios, no dejó nada por es­crito pese a que sabía leer y escribir (Lucas 4: 16). “La fe es por oír”, (leemos en Romanos 10: 17). “La letra mata, más el espíritu [el aliento, que anima la palabra hablada] vivifica” (2 Corintios 3:6).

LAS PALABRAS NO SON SIGNOS

Jacques Derrida ha señalado que “no hay signo lingüístico anterior a la escritura” (1976, p. 14). Sin embargo, si se advierte la referencia oral del texto escrito, tampoco existe un “signo” lingüístico después de la escritura. Aunque desencadena potenciales inimaginados de la palabra, una representación textual, visual, de una palabra no es una verdadera palabra, sino un “sistema secundario de modelado” (cfr. Lotman, 1977). El pensamiento está integrado en el habla y no en los textos, todos los cuales adquieren su significado mediante la referencia del símbolo visi­ble con el mundo del sonido. Lo que el lector ve sobre esta página no son palabras reales, sino símbolos codificados por medio de los cuales un ser humano apropiadamente informado puede evocar en su concien­cia palabras reales, con sonido real o imaginario. Es imposible que una grafía sea más que marcas en una superficie, a menos que un ser huma­no consciente la utilice como clave para palabras enunciadas, reales o imaginarias, directa o indirectamente.
A la gente de una cultura caligráfica y tipográfica le parece convin­cente pensar en la palabra, en esencia un sonido, como un “signo”, por­que “signo” se refiere fundamentalmente a algo percibido de manera visual. Signum, que nos dio la palabra “signo”, significaba el estandarte que una unidad del ejército romano llevaba en alto como identificación visual; etimológicamente, el “objeto al que se sigue” (raíz protoindoeu­ropea, sekw- seguir). A pesar de que los romanos conocían el alfabeto, este signum no era una palabra escrita con letras sino una especie de en­seña o imagen dibujada, como un águila, por ejemplo.
El empleo de nombres escritos con letras como marbetes o títulos tar­dó mucho en difundirse, pues siguieron conservándose las huellas de la oralidad primaria, como se verá, durante siglos después de la invención de la escritura e incluso de la imprenta. En fecha tan reciente como el Renacimiento europeo, los alquimistas que sabían leer y que utilizaban etiquetas para sus frascos y cajas, tendían a poner en los marbetes no un nombre escrito, sino signos iconográficos, como los diversos signos del zodiaco; y los tenderos no identificaban sus locales con palabras es­critas con letras, sino con símbolos iconográficos como la rama de hiedra para una taberna, el cilindro azul y rojo del barbero, las tres esferas del prestamista. (Sobre la rotulación iconográfica, véase Yates, 1966.) Estos marbetes o etiquetas no nombran en absoluto aquello a lo que se refie­ren: las palabras “rama de hiedra” no equivalen al término “taberna”; el vocablo “percha” no corresponde a la expresión “barbero”. Los nom­bres todavía eran palabras que avanzaban a través del tiempo; asimis­mo, estos símbolos inmóviles, no articulados, eran algo distinto; eran “signos”, y las palabras no lo son.
Nuestra complacencia al pensar en las palabras como signos se debe a la propensión -quizás incipiente en las culturas orales pero muy pro­nunciadas en las culturas caligráficas y aún más marcada en las tipográ­ficas y electrónicas- a reducir toda sensación y, en realidad, toda experiencia humana o equivalentes visuales. El sonido es un suceso en el tiempo, y “el tiempo avanza”, inexorablemente, sin interrupción ni división. El tiempo es supuestamente dominado si lo tratamos en forma espacial en un calendario o sobre la carátula de un reloj, donde podemos conseguir que parezca dividido en unidades separadas una junto a la otra. No obstante, esto también falsifica el tiempo. El tiempo real no tiene ninguna división en absoluto, avanza inexorablemente: a la medianoche, el ayer no pasó con un tac al hoy. Nadie puede indicar el punto exacto de la medianoche y, si no es preciso, ¿cómo puede ser la medianoche? Tampoco sentimos el hoy como junto al ayer, como se le representa en un calendario. Reducido al espacio, el tiempo parece más controlado; pero sólo lo parece, pues el tiempo real, indivisible, nos conduce a la muerte real. (Esto no pretende negar que el reduccionismo espacial sea muy útil y tecnológicamente necesario, sino sólo que sus logros son intelectualmente limitados, y pueden resultar engañosos.) De igual manera, reducimos el sonido a configuraciones de oscilógrafo y a ondas de ciertas “longitudes”, que pueden ser utilizadas por una persona sorda quien posiblemente no tenga ningún conocimiento de lo que es la experiencia del sonido. O bien reducimos el sonido a una grafía y a la más de todas las grafías, el alfabeto.
No es tan probable que el hombre oral piense en las palabras como “signos”, fenómenos visuales inmóviles. Hornero se refiere a ellas regularmente como “palabras aladas”, lo cual sugiere fugacidad, poder y libertad: las palabras están en constante movimiento, pero volando, lo cual constituye una manifestación poderosa del movimiento y que eleva del mundo ordinario, burdo, pesado y “objetivo” al que vuela.
Al objetar a Juan Jacobo Rousseau, Derrida por supuesto está en lo correcto cuando rechaza la creencia de que la escritura no es más que una eventualidad de la palabra hablada (Derrida, 1976, p. 7). Sin embargo, tratar de construir una lógica de la escritura sin investigar a fondo la oralidad a partir de la cual surgió y en la cual está basada permanente e inevitablemente, significa limitar la comprensión, aunque al mismo tiempo produzca efectos extraordinariamente interesantes y también, a veces, psicodélicos, o sea, producidos por deformaciones sensorias. Nuestra liberación del prejuicio caligráfico y tipográfico en la compensión del lenguaje probablemente resulte más difícil de lo que cualquiera de nosotros pueda imaginarse; mucho más difícil, según parece, que la “deconstrucción” de la literatura, pues esta “deconstrucción” sigue siendo una actividad literaria. Se hablará más sobre este problema al tratar la internalización de la tecnología en el siguiente capítulo.

ONG, Walter J.— Oralidad y escritura. México, FCE, 1996